El Viejo Mundo

Antes de empezar a hablar de Praga, me veo en la obligación de hablar de Europa, como es llamada entre los miembros de la Estirpe: el Viejo Mundo. Antes de que las bombas, los tanques y los satélites lo cubrieran todo, ya corría sangre por sus venas de piedra.
¿Por qué? Bueno, teniendo en cuenta lo globalizado que está hoy en día nuestro mundo, y que las barreras culturales, aunque estén erguidas bien altas y fuertemente defendidas, se cruzan con un solo salto o un simple vuelo nocturno, cualquiera puede colocarse -o huir- allí donde haga falta. Así que, para aquellos de vosotros que leáis estas líneas y no tengáis muchas nociones históricas de Europa porque seáis carne de cañón de la propaganda americana, os explicaré cómo es y ha sido nuestra gris tierra, y por qué Praga es solo una de sus guerras abiertas.

Cualquier intento de generalizar acerca de Europa sería un error. Dos rasgos esenciales vinculan a la población europea: la proximidad geográfica y la ascendencia indoeuropea de los pueblos del este. La proximidad geográfica aseguró la competencia por la tierra cultivable, las minas y los puertos. A su vez, estos conflictos fueron el origen de las frecuentes alteraciones en las fronteras y de un intercambio constante de recursos culturales. y de viejos odios que los Vástagos aprendimos a azuzar mucho antes de que los mortales inventaran la palabra "guerra mundial".

Europa dio a la luz muchas maravillas tecnológicas a lo largo de los años, que con el tiempo serían la base de la Revolución Industrial, la imprenta y las técnicas de navegación avanzadas que procuraron un medio para explorar el mundo. Europa se convirtió también en un centro de actividad bancaria y comercial. Un beneficio de la tecnología europea digno de mención es el sistema de transporte que cruza el continente: cada día, miles de trenes conectan pueblos y ciudades, proporcionando un rápido servicio de transporte y comunicación. Para los mortales son simple progreso; para la Estirpe, son arterias por las que viajan refuerzos, rumores y masacres. Cerrar una estación a tiempo ha ganado más guerras vampíricas que cualquier cruzada.

El paisaje europeo es muy diverso. Los Alpes cruzan Suiza, Italia y Francia, llegando hasta Austria. Los Cárpatos trazan un grácil arco por la República Eslovaca y Bielorrusia hasta Rumanía. Famosos ríos como el Rin, el Danubio, el Sena y el Don recorren los valles europeos y sirven como inspiración a muchos músicos. Los bosques primarios aparecen también en el paisaje, aunque no tanto como en los años previos a la industrialización. En cada valle hay una historia, en cada castillo un antiguo dueño, y en cada bosque, algo que incluso los vampiros preferimos dejar en paz.

El clima continental varía entre casi desértico y extremos árticos. A lo largo de la costa mediterránea, el tiempo es cálido de día y fresco de noche. En las montañas, el extremo norte y las llanuras rusas, el aullante viento trae un verano corto y agradable y largos meses de duro invierno. Gran parte de Europa Central goza de la bendición de un clima templado, con veranos cálidos y fríos inviernos. Para el ganado es meteorología; para nosotros, son noches largas o demasiado cortas, ventajas o condenas en una guerra que nunca duerme.

Ciertos rasgos de la vida cotidiana en Europa la distinguen de EE.UU. Algunas tiendas cierran durante unas horas a mediodía, abriendo de nuevo hasta primeras horas de la noche. Esto es ideal para los que no salen en horas de luz diurna. Las tiendas suelen cerrar durante todo un día a la semana. Otro entretenido aspecto de la experiencia de ir de compras por Europa es la plétora de mercados al aire libre.

Casi todos los pueblos de cierto tamaño tienen un "día de mercado" en el que granjeros y artesanos locales venden sus productos en la plaza u otro lugar abierto apropiado. Suelen encontrarse productos frescos y cocinados a diario, y esto es algo que debe tener en cuenta un Vástago que desee atender a sus invitados mortales con los mejores platos. Bajo los toldos de colores, entre el olor a pan caliente y fruta madura, nadie mira dos veces a quien pasa demasiado tiempo eligiendo "la pieza adecuada".

Beber en un bar o restaurante local es un pasatiempo popular, tanto en los pueblos como en las grandes ciudades. En muchos establecimientos informales, especialmente restaurantes de comida rápida o puestos de comida en lugares de tránsito de público, no se espera tener intimidad.

Si hay una pareja sentada a una mesa con sillas adicionales, los demás pueden sentarse libremente. En ciertos países, se permite que los perros bien educados estén junto a la mesa de sus amos. Lo que puede ser un problema para algunos Vástagos: los animales, a diferencia de los humanos, aún recuerdan qué huele a tumba abierta.

Las grandes caminatas y el uso de transportes públicos son hechos de la vida (y de la no-vida). Cada gran ciudad tiene un aeropuerto internacional, pero para Vástagos y ganado, seguramente no hay una forma más segura de atravesar el continente que el ferrocarril. Los trenes conectan las grandes ciudades y las aldeas diminutas, y viajar en primera clase es cómodo y agradable. El tren garantiza la intimidad necesaria para proteger la Mascarada, pues puede disfrutarse de un compartimiento privado si se tiene los contactos adecuados... y la adecuada suma de dinero. Y cuando una ciudad como Praga estalla en guerra, esos compartimentos se convierten en urnas móviles: si controlas las vías, decides quién llega vivo a la próxima noche.

Nota del Observador:
En la multitud de ciudades europeas en que he estado, he observado que una de las formas más fáciles de impedir la llegada de refuerzos en forma de Vástagos de una u otra Secta a una ciudad en guerra es mediante el control de los ferrocarriles y las estaciones de tren de las grandes urbes.
Esto obliga a la Secta rival que no controla el ferrocarril a crear progenie en masa proveniente de la misma sociedad de la ciudad para cubrir las vacantes en las filas de la Estirpe y tener soldados o carne de cañón fresca. Esto al Sabbat no le provoca ningún problema, porque es su táctica básica en la Yihad, pero para la Camarilla. ¿cómo explica un Príncipe el aumento de vampiros neonatos en su ciudad de forma descontrolada a los Arcontes y Justicars?
En Praga, durante la guerra, hubo noches en que cada tren que entraba traía turistas. y salía llevando solo ceniza.

Muchos europeos son bilingües. No es inusual encontrar a un ciudadano que pueda hablar otro idioma con la misma facilidad y fluidez que su lengua nativa y, además, mantener una conversación corta en un tercer idioma. Los viajeros internacionales en el continente pueden encontrar fácilmente una forma de comunicarse. También los Vástagos: en el Viejo Mundo, los secretos cambian de idioma, pero nunca de dueño.

Actualmente Europa está inmersa en un proceso de transición. Los últimos años han presenciado la caída de muchas alianzas tradicionales y la alteración de varias fronteras. Es frecuente que el nacimiento de una nueva nación se pague con vidas. Entrados en el siglo XXI, los parlamentos europeos han conseguido unificar el continente económicamente (o al menos gran parte de él). Sin embargo, muchas situaciones -en su mayoría guerras étnicas aisladas- amenazan con volver a esos días en que unificar culturas, idiomas y pueblos parecía un sueño imposible. Para los mortales, es política. Para nosotros, son líneas de frente en un tablero antiguo, y Praga no es más que una ciudad más donde el Viejo Mundo sangra por las noches.

A la Sombra de Praga

En alguna parte decía: "Praga es la ciudad más bella de Europa. La historia de Europa no se concibe sin Praga...". Pudo ser en la lista de ciudades que venían y se dejaban atrás, o la frase de un recepcionista checo hablando en español y de fútbol mexicano como hablaría de la carrera de Economía que cursaba en Alemania, o del equipo de aquel deporte que entrenaba los fines de semana en una primaria de Austria, porque el ser recepcionista era un trabajo de verano, ayuda a un amigo y un sueldo mientras tanto, atendiendo por igual en alemán, sueco o inglés y, citándolo: "Es hermosa la lengua...". A Praga se llega por la autopista que viene de Berlín, trescientos kilómetros al norte; hacia el sur las ciudades cercanas son Viena, Budapest y Bratislava, pero tanto en Hungría como en las repúblicas Eslovaca y Checa no hay vías de comunicación terrestre como en Europa Occidental, sólo caminos rurales entre poblados y aserraderos, cultura de la madera, de días que transcurren de sombra en sombra o al resguardo de la lluvia, entre bosques donde el sol no penetra la espesura de la historia en las copas de los árboles. y donde, dicen, algo más viejo que los hombres sigue escuchando cada motor que pasa.

La República Checa y su capital resumidas en una frase que podría haber estado también al pie de una fotografía en blanco y negro en algún libro de algún estante, o en la pared del cuarto de mañana, en un sótano a las orillas de Madrid: país y ciudad que chocan, que se oponen. Una vida rural totalmente distinta a la que en la metrópoli se tiene, un aire de humedad entre bosques que de cuando en vez se abren para dar lugar a una aldea, casi forzosa, casi puesta en su sitio por error o necesidad, y la gente, no obstante, sirviéndose de la naturaleza para su manutención sin herirla del todo, en ciclos de siembra y cosecha que también son fundamentales para taladores. Del otro lado, la urbe de siluetas detenidas se levanta, se alza majestuosa entre torres y tejados carmín, por encima del horizonte que a su espalda atardece y amanece, por encima del universo de formas, estilos y belleza que es, en fin de cuentas, desde hace mucho, y con el paso del tiempo reflejado en cada esquina, en rincones y plazas, ese cuerpo de calles que encierra el silencio del pasado entre sus venas. Donde los mortales ven historia, otros ven marcas de garras borradas a medias por los siglos.

Como punto de partida, en un plano de alturas, el río Vltava recorre la ciudad de sur a norte en forma de interrogación, y como casi cualquier urbe europea erguida a los costados de cauces arcaicos, une sus dos orillas con puentes que son sinónimos de Arte: una forma de encerrar la funcionalidad en la belleza, de yuxtaponer sus características para el deleite de un presente pasado, de un presente hoy o un presente futuro. Río-metáfora kafkiana de reflejos en el agua, de pasadizos tendidos sobre la corriente, custodiados por dos torres fantasmales que son principio y fin, entrada y salida a través de los quinientos metros del Karluv most, el Puente de Carlos, adornado a lo largo por treinta y tres estatuas barrocas: algunas de obispos, otras de héroes, piedades e imágenes santas de mirada fría y color opaco, vigilantes del tiempo que transcurre, muchos años desde 1407, fecha en que, bajo el reinado de Carlos IV, y en sustitución de uno anterior que un alud de lodo destruyó, fue erguido y es símbolo indiscutible de Praga. Espacio para venta de postales en tonos sepia, para músicos de toda índole, guitarristas interpretando rock inglés o quintetos de jazz; caballetes con pintores frente a un lienzo que poco a poco se cubre de la imagen de una ciudad, de un río o de algún edificio que a lo cerca o a lo lejos es motivo de retrato, de capturar en un instante un atardecer en tonos violetas, un azul que entre nubes disipadas deja la luz del mediodía tras una mañana lluviosa. De día, un cuadro perfecto. De noche, el mismo puente al que la Estirpe llama de Cenizas, cuando las estatuas parecen contar -solo a los que escuchan- cuánta sangre ha caído al agua desde que lo levantaron.

Hacia el poniente del río, visible desde cualquier punto, el Prazský hrad, el Castillo de Praga, cuya construcción inició en el siglo VII, luego incendiado en 1541 y concluido en el siglo XVIII por el arquitecto italiano Nicolo Pacassi, hoy sede del gobierno de la antigua Checoslovaquia. Una muralla rodea la edificación y dos escalinatas de acceso conducen a su interior desde el este y el sur, también espacio para postales y vendedores de toda suerte de artilugios: móviles de resortes, litografías o acuarelas de colores, paisajes, alguna tienda de ciudades en miniatura, "Cree usted su propia Praga", edificios grises y blancos, reproducciones de placas con nombres de calles: Karlova, Nerudova (de la cual el poeta Neftalí Reyes tomó su seudónimo). Desde la subida este, luego de atravesar los muros del Castillo, el Palacio Real, antiguo aposento de la monarquía checa, es la entrada a la plaza donde se levanta la catedral de San Vitus, la torre de cien metros de altura donde los extremos de la cruz convergen, comenzada en 1344 por Matías de Arras y Petr Parler, también arquitecto del Puente de Carlos, y la capilla de San Wenceslao, erguida sobre la tumba del Santo en 1360, en el interior de la catedral. Alrededor, la basílica de San Jorge -el edificio románico mejor preservado de la ciudad-, la torre de Dalibor, el Palacio de Verano Belvedere, considerado, fuera de Italia, el monumento renacentista más hermoso. Todo contenido en la Hradcanské námestí, el área del Castillo, en la cima de una montaña, al norte de una ciudad que en la noche enciende luces en cada puente y proyecta sombras verticales en sus muros, en un aire de silencio, de misterio, de siluetas que rompen la penumbra de una ciudad que duerme. o cree dormir, mientras otros se reparten sus dominios bajo esas mismas luces.

En el costado este, a través del puente y al norte, el Barrio Judío, la sinagoga más antigua de Europa (1270) y el cementerio, con lápidas en hebreo que datan de algún tiempo, de otro tiempo. El Barrio Judío y su tejido desordenado de calles, de puertas y ventanas, de pasos añejos que reflejan un cable telefónico y un portal en la calle Maiselova, el vacío de gente de un sábado de tarde, después de un viernes de lluvia continua, de estanques y reflejos entre adoquines que son senda de un pueblo, de mil pueblos. Sobre la calle Karlova desemboca la Plaza Antigua, espacio de aire libre, explanada que reúne anunciantes de ópera, recitales, actuaciones, conciertos y hasta un bar con especialidad en cerveza mexicana -o checa- de precio bajo y calidad contraria. La iglesia de Nuestra Señora de Týn, con sus torres góticas levantando al ser hacia el cielo; la de San Nicolás, evangelista, de estilo barroco, quizá el más bello de esta zona; el Reloj Astronómico en la torre del Ayuntamiento, de símbolos zodiacales el primero, el segundo de muros y ventanas construidos en estilos diversos, gótico y románico, de la Edad Media, del relojero Nicolas Kadan, del artesano Jan Hanus en el siglo XVI, o de la casa gótica que fue al principio, en 1338. En las cercanías de la plaza se encuentra la casa donde vivió Franz Kafka y, lejos, al otro lado del río, muy al sur, el Carolinum (1348), la universidad más antigua de Europa Central, también fundada bajo el reinado de Carlos IV. Bajo todo ello, dicen, corren túneles y salas donde la guerra vampírica de Praga escribió capítulos que nunca verás en las guías turísticas.

Actualmente Praga es la ciudad más importante de la República Checa y, dicen las frases que acompañan los viajes, que también lo es de Europa. No cabe duda en tanto no se caiga en la comparación. Praga encierra una a una las artes que han florecido con mayor fuerza en otras partes del Viejo Continente; guarda entre sus calles, plazas y puentes fragmentos de la historia del mundo, de la estética de Occidente, de la música y el pensamiento de los hombres. Asimismo, en este país ya recuperado de una guerra que prosiguió a un régimen dictatorial de más de treinta años, la gente sonríe, recorre las calles en tranvía y habla en voz alta, comenta la posibilidad de que Praga sí sea la más bella y se deslinda, por ejemplo, de las sociedades húngaras, alemanas o polacas: "Ellos son tristes, de cara amarga. Nosotros vivimos lo mismo, y nos costó, pero sonreímos y sonreiremos".
Y mientras ellos sonríen, bajo la superficie siguen contando bajo la ceniza de las Noches de la Ceniza Blanca, los cuerpos que se llevaron el río y las sombras que aún disputan cada barrio.

A la luz del día, Praga pertenece a los vivos. A la sombra, sigue siendo campo de batalla.