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A la Sombra de Praga
En alguna parte decía:
"Praga es la ciudad más bella de Europa. La
historia de Europa no se concibe sin Praga...". Pudo ser en la lista de ciudades que venían y se
dejaban atrás, o la frase de un recepcionista checo
hablando en español y de fútbol mexicano como hablaría
de la carrera de Economía que cursaba en Alemania, o
del equipo de aquel deporte que entrenaba los fines de
semana en una primaria de Austria, porque el ser
recepcionista era un trabajo de verano, ayuda a un
amigo y un sueldo mientras tanto, atendiendo por igual
en alemán, sueco o inglés y, citándolo:
"Es hermosa la lengua...". A Praga se llega
por la autopista que viene de Berlín, trescientos
kilómetros al norte; hacia el sur las ciudades
cercanas son Viena, Budapest y Bratislava, pero tanto
en Hungría como en las repúblicas Eslovaca y Checa no
hay vías de comunicación terrestre como en Europa
Occidental, sólo caminos rurales entre poblados y
aserraderos, cultura de la madera, de días que
transcurren de sombra en sombra o al resguardo de la
lluvia, entre bosques donde el sol no penetra la
espesura de la historia en las copas de los árboles. y
donde, dicen, algo más viejo que los hombres sigue
escuchando cada motor que pasa.
La República Checa y su capital resumidas en una frase
que podría haber estado también al pie de una
fotografía en blanco y negro en algún libro de algún
estante, o en la pared del cuarto de mañana, en un
sótano a las orillas de Madrid: país y ciudad que
chocan, que se oponen. Una vida rural totalmente
distinta a la que en la metrópoli se tiene, un aire de
humedad entre bosques que de cuando en vez se abren
para dar lugar a una aldea, casi forzosa, casi puesta
en su sitio por error o necesidad, y la gente, no
obstante, sirviéndose de la naturaleza para su
manutención sin herirla del todo, en ciclos de siembra
y cosecha que también son fundamentales para
taladores. Del otro lado, la urbe de siluetas
detenidas se levanta, se alza majestuosa entre torres
y tejados carmín, por encima del horizonte que a su
espalda atardece y amanece, por encima del universo de
formas, estilos y belleza que es, en fin de cuentas,
desde hace mucho, y con el paso del tiempo reflejado
en cada esquina, en rincones y plazas, ese cuerpo de
calles que encierra el silencio del pasado entre sus
venas. Donde los mortales ven historia, otros ven
marcas de garras borradas a medias por los siglos.
Como punto de partida, en un plano de alturas, el río
Vltava recorre la ciudad de sur a norte en forma de
interrogación, y como casi cualquier urbe europea
erguida a los costados de cauces arcaicos, une sus dos
orillas con puentes que son sinónimos de Arte: una
forma de encerrar la funcionalidad en la belleza, de
yuxtaponer sus características para el deleite de un
presente pasado, de un presente hoy o un presente
futuro. Río-metáfora kafkiana de reflejos en el agua,
de pasadizos tendidos sobre la corriente, custodiados
por dos torres fantasmales que son principio y fin,
entrada y salida a través de los quinientos metros del
Karluv most, el Puente de Carlos, adornado a lo largo
por treinta y tres estatuas barrocas: algunas de
obispos, otras de héroes, piedades e imágenes santas
de mirada fría y color opaco, vigilantes del tiempo
que transcurre, muchos años desde 1407, fecha en que,
bajo el reinado de Carlos IV, y en sustitución de uno
anterior que un alud de lodo destruyó, fue erguido y
es símbolo indiscutible de Praga. Espacio para venta
de postales en tonos sepia, para músicos de toda
índole, guitarristas interpretando rock inglés o
quintetos de jazz; caballetes con pintores frente a un
lienzo que poco a poco se cubre de la imagen de una
ciudad, de un río o de algún edificio que a lo cerca o
a lo lejos es motivo de retrato, de capturar en un
instante un atardecer en tonos violetas, un azul que
entre nubes disipadas deja la luz del mediodía tras
una mañana lluviosa. De día, un cuadro perfecto. De
noche, el mismo puente al que la Estirpe llama de
Cenizas, cuando las estatuas parecen contar -solo a
los que escuchan- cuánta sangre ha caído al agua desde
que lo levantaron.
Hacia el poniente del río, visible desde cualquier
punto, el Prazský hrad, el Castillo de Praga, cuya
construcción inició en el siglo VII, luego incendiado
en 1541 y concluido en el siglo XVIII por el
arquitecto italiano Nicolo Pacassi, hoy sede del
gobierno de la antigua Checoslovaquia. Una muralla
rodea la edificación y dos escalinatas de acceso
conducen a su interior desde el este y el sur, también
espacio para postales y vendedores de toda suerte de
artilugios: móviles de resortes, litografías o
acuarelas de colores, paisajes, alguna tienda de
ciudades en miniatura, "Cree usted su propia Praga",
edificios grises y blancos, reproducciones de placas
con nombres de calles: Karlova, Nerudova (de la cual
el poeta Neftalí Reyes tomó su seudónimo). Desde la
subida este, luego de atravesar los muros del
Castillo, el Palacio Real, antiguo aposento de la
monarquía checa, es la entrada a la plaza donde se
levanta la catedral de San Vitus, la torre de cien
metros de altura donde los extremos de la cruz
convergen, comenzada en 1344 por Matías de Arras y
Petr Parler, también arquitecto del Puente de Carlos,
y la capilla de San Wenceslao, erguida sobre la tumba
del Santo en 1360, en el interior de la catedral.
Alrededor, la basílica de San Jorge -el edificio
románico mejor preservado de la ciudad-, la torre de
Dalibor, el Palacio de Verano Belvedere, considerado,
fuera de Italia, el monumento renacentista más
hermoso. Todo contenido en la Hradcanské námestí, el
área del Castillo, en la cima de una montaña, al norte
de una ciudad que en la noche enciende luces en cada
puente y proyecta sombras verticales en sus muros, en
un aire de silencio, de misterio, de siluetas que
rompen la penumbra de una ciudad que duerme. o cree
dormir, mientras otros se reparten sus dominios bajo
esas mismas luces.
En el costado este, a través del puente y al norte, el
Barrio Judío, la sinagoga más antigua de Europa (1270)
y el cementerio, con lápidas en hebreo que datan de
algún tiempo, de otro tiempo. El Barrio Judío y su
tejido desordenado de calles, de puertas y ventanas,
de pasos añejos que reflejan un cable telefónico y un
portal en la calle Maiselova, el vacío de gente de un
sábado de tarde, después de un viernes de lluvia
continua, de estanques y reflejos entre adoquines que
son senda de un pueblo, de mil pueblos. Sobre la calle
Karlova desemboca la Plaza Antigua, espacio de aire
libre, explanada que reúne anunciantes de ópera,
recitales, actuaciones, conciertos y hasta un bar con
especialidad en cerveza mexicana -o checa- de precio
bajo y calidad contraria. La iglesia de Nuestra Señora
de Týn, con sus torres góticas levantando al ser hacia
el cielo; la de San Nicolás, evangelista, de estilo
barroco, quizá el más bello de esta zona; el Reloj
Astronómico en la torre del Ayuntamiento, de símbolos
zodiacales el primero, el segundo de muros y ventanas
construidos en estilos diversos, gótico y románico, de
la Edad Media, del relojero Nicolas Kadan, del
artesano Jan Hanus en el siglo XVI, o de la casa
gótica que fue al principio, en 1338. En las cercanías
de la plaza se encuentra la casa donde vivió Franz
Kafka y, lejos, al otro lado del río, muy al sur, el
Carolinum (1348), la universidad más antigua de Europa
Central, también fundada bajo el reinado de Carlos IV.
Bajo todo ello, dicen, corren túneles y salas donde la
guerra vampírica de Praga escribió capítulos que nunca
verás en las guías turísticas.
Actualmente Praga es la ciudad más importante de la
República Checa y, dicen las frases que acompañan los
viajes, que también lo es de Europa. No cabe duda en
tanto no se caiga en la comparación. Praga encierra
una a una las artes que han florecido con mayor fuerza
en otras partes del Viejo Continente; guarda entre sus
calles, plazas y puentes fragmentos de la historia del
mundo, de la estética de Occidente, de la música y el
pensamiento de los hombres. Asimismo, en este país ya
recuperado de una guerra que prosiguió a un régimen
dictatorial de más de treinta años, la gente sonríe,
recorre las calles en tranvía y habla en voz alta,
comenta la posibilidad de que Praga sí sea la más
bella y se deslinda, por ejemplo, de las sociedades
húngaras, alemanas o polacas:
"Ellos son tristes, de cara amarga. Nosotros
vivimos lo mismo, y nos costó, pero sonreímos y
sonreiremos".
Y mientras ellos sonríen, bajo la superficie siguen
contando bajo la ceniza de las Noches de la Ceniza
Blanca, los cuerpos que se llevaron el río y las
sombras que aún disputan cada barrio.
A la luz del día, Praga pertenece a los vivos. A la
sombra, sigue siendo campo de batalla.
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