El Infierno abre sus puertas

-Narrado por Hjerstald, Gangrel Antitribu y ductus de la manada Colmillo de Hielo, desaparecido a finales del 1998.

Todo estaba preparado. El aire olía a óxido y promesa de muerte. Era hora de templar nuestros cuerpos helados con la sangre ardiente de los enemigos. Llevábamos demasiado tiempo soportando la pasividad de los Diáconos. Mi manada, y muchas otras reunidas aquella noche sin luna, aún guardábamos viejas deudas con los de Praga. Deudas que, por fin, serían pagadas con sangre. La Bestia lo exigía, dormida y expectante, y una vez despertara, nada podría contenerla. Llegaba la hora de la caza.

Llegaron manadas desde Budapest, Bohemia y Moravia; viejas cofradías que los territoriales Tzimisce habían empujado fuera de sus tierras regresaron desde Hungría, Rumanía, Albania y Bulgaria.

Incluso corrimos de nuevo junto a los Sabbat de Berlín y Polonia. Los Caitiff, cazados en Europa como zorros en un invierno eterno, acudieron atraídos por las recompensas y la esperanza de ser aceptados entre los Pander. Su sangre fresca trajo vigor a nuestras filas. Al final éramos una legión hambrienta, lobos de las estepas, con los colmillos tensos y el corazón podrido de ansiedad por el derramamiento.

Aquí, en Europa, las cosas se hacen distinto. No hay piedad, no hay freno. Todos sabíamos que sería un baño de sangre, y que el fanatismo de muchos de los nuevos en las filas del Sabbat nos pasaría factura. Los cabezas de pala, recién abrazados, aún fascinados por el vértigo de la inmortalidad, querían probar los límites de su nueva maldición. Eran un peligro: impulsivos, soberbios, incapaces de controlar la furia. Sabíamos que si uno solo se dejaba arrastrar demasiado por la Bestia, nos pondría en el punto de mira, no solo de los malditos zumos, sino también de las ciudades Camarilla de los alrededores. Y lo último que queríamos era repeler refuerzos mientras aún despedazábamos Praga.

Pero la suerte estaba de nuestro lado. La Camarilla sigue siendo lo que siempre ha sido: arrogante y estúpida. Puedes golpearla, hundirla en su propia mierda, y aún dudará antes de mostrar los colmillos. Prefieren esconderse tras su fachada de nobleza y humanidad. Su mayor debilidad es la vergüenza. Mientras nosotros limpiábamos la ciudad de sus parásitos, ellos tenían doble tarea: pelear por sus miserables vidas y proteger la Mascarada que los encadena. No podían permitirse que los mortales descubrieran que los monstruos de las pesadillas caminan entre ellos.

En eso consistía nuestro verdadero triunfo. Sin saberlo, teníamos a la Camarilla trabajando para nosotros. Mientras caían y se preguntaban qué demonios los estaba aniquilando, tapaban cada rastro, cada huella de lo que realmente sucedía. Silenciaban gritos, borraban cuerpos, mentían a los humanos. Su secreto era nuestro escudo.

Qué ironía. Qué espectáculo tan hermoso.

Pero qué necios... ¿qué miedo pueden darnos unos simples mortales?